
Cuando se conoció el pacto entre Israel y Hamas que contempla un cese de hostilidades, Gaza estalló en un alivio colectivo. En medio de calles destruidas, campamentos y refugios, miles de residentes salieron a festejar al sol del nuevo día con cantos, abrazos y lágrimas.
En Jan Yunis, Rafah y campos de desplazados, la gente abandonó las tiendas de campaña, coreó consignas patrióticas y encendió fogones improvisados. Muchos cargaban banderas palestinas o mensajes pintados sobre cartón: “Hemos vuelto a la vida”, “Paz para Gaza”. Algunos lo hacen con entusiasmo; otros, con reservas.
El acuerdo que generó estas reacciones exige que Israel y Hamas cumplan varias medidas: el intercambio de rehenes por prisioneros, el repliegue parcial de fuerzas israelíes, y la habilitación de corredores humanitarios. Bajo la supervisión de mediadores internacionales —incluyendo a Estados Unidos, Egipto, Qatar y Turquía— se abrirá el paso para que ingresen camiones con alimentos, medicamentos y otros insumos.
El mandato no es simple: el pacto debe activarse dentro de 24 horas, la liberación de cautivos ocurrir en lapsos estrictos y la distribución de ayuda sustentarse con transparencia. En una entrevista reciente, líderes palestinos recordaron que este es solo el primer paso en un proceso que aún debe abordar el desarme de Hamas, la reconstrucción de Gaza y garantías de seguridad duraderas.
En medio del clamor por la paz, Gaza vive hoy una tensión entre la emoción de sentirse escuchada y el miedo a que el silencio vuelva a quebrarse.